¿Cómo se trabaja para ser familia?

Nuestra concepción de familia arraiga no de una invención o de una tradición, sino de la naturaleza humana, de la verdad humana. La familia es un invento de Dios desde el principio: «Por eso abandonará el varón a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne» (Gén 2, 24). El matrimonio, la unión del hombre y la mujer, el ser una sola carne.

Abrirse al otro sexo es el primer paso para abrirse al otro, que es el prójimo, hasta el Otro con mayúscula, que es Dios. El matrimonio nace bajo el signo de la humildad; es el reconocimiento de dependencia y por lo tanto de la propia condición de criatura. Enamorarse de una mujer o de un hombre es realizar el acto más radical de humildad. Es hacerse mendigo y decirle al otro: “No me basto a mí mismo, necesito de tu ser”. Tener esto claro es poner la base de nuestro hogar, la humildad.

 

Los pilares de la casa

Hombre y mujer, esposo y esposa. La pareja humana es imagen de Dios. Marido y mujer son, en efecto, una carne sola, un solo corazón, una sola alma, aún en la diversidad de sexo y de personalidad. En la pareja se reconcilian entre sí unidad y diversidad. Los esposos están uno frente al otro como un “yo” y un “”, y están frente al resto del mundo, empezando por los propios hijos, como un “nosotros”, casi como si se tratara de una sola persona, pero ya no singular, sino plural. “Nosotros”, o sea, “tu madre y yo”, “tu padre y yo”. Desde este nosotros, estos pilares que somos “tu” y “yo”, se vive la bendición: «Dichoso el que teme al Señor y sigue sus caminos. Comerás del fruto de tu trabajo, serás dichoso, te irá bien; tu mujer, como parra fecunda, en medio de tu casa; alrededor de tu mesa. Esta es la bendición» (Sal 127, 1-4a).

 

¿Qué pintamos cada uno de los miembros?

Yo soy don para Inma e Inma es don para mí; somos donación reciproca y esto solo va ser posible por la acción del Espíritu Santo. Esto hace del sacramento del Matrimonio, el sacramento del Don que es, por excelencia, el Espíritu Santo. En nuestro matrimonio hay que dar espacio a Cristo. En Él está el secreto para acceder a los esplendores del matrimonio cristiano. Ser apoyo el uno para el otro se concreta y se hace real en la oración común entre los esposos, como por ejemplo la oración de Tobías y Sara en la noche de bodas (Tob 8, 4-8).

La familia se realiza a través del diálogo, diálogo profundo. Saber quién somos, qué estamos viviendo, qué cambios nos están aconteciendo. No somos personas acabadas, cada uno de nosotros es proyecto siempre en construcción.

 

¿Debemos hacer reformas en nuestra familia?

Es obligatorio revisar nuestra familia, revisar es ir al interior ver cómo están los cimientos, las estructuras de nuestra familia ¿hay grietas? Nos puede dar luces esta siguiente cita: «Pues conviene que el obispo sea irreprochable, marido de una sola mujer, sobrio, sensato, ordenado, hospitalario, hábil para enseñar, no dado al vino ni amigo de reyertas, sino comprensivo; que no sea agresivo ni amigo del dinero; que gobierne bien su propia casa y se haga obedecer de sus hijos con todo respeto. Pues si uno no sabe gobernar su propia casa, ¿cómo cuidará la iglesia de Dios? (1Tim 3, 2-5).

 

Generar tendencia en la sociedad

El Papa Francisco pone tres palabras para las familias que nos marcan la tendencia buena a seguir: «“Permiso”, “gracias”, “perdón”». En efecto, estas palabras abren camino para vivir bien en la familia, para vivir en paz. Son palabras sencillas, pero no tan sencillas de llevar a la práctica. Encierran una gran fuerza: la fuerza de custodiar la casa, incluso a través de miles de dificultades y pruebas; en cambio si faltan, poco a poco se abren grietas que pueden hasta hacer que se derrumbe.

  • La primera palabra es “permiso” (…) Entrar en la vida del otro, incluso cuando forma parte de nuestra vida, pide la delicadeza de una actitud no invasora, que renueve la confianza y el respeto.
  • Un cristiano que no sabe dar gracias es alguien que ha olvidado el lenguaje de Dios.
  • La tercera palabra es “perdón”. Palabra difícil, es verdad, sin embargo tan necesaria. En la casa donde no se pide perdón comienza a faltar el aire, las aguas comienzan a verse estancadas. Muchas heridas de los afectos, muchas laceraciones en las familias comienzan con la pérdida de esta preciosa palabra: «Perdóname».

Miguel Castaño – Comunidade Caná

 

 

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