Desde Galicia, ¡UNIDOS!

           El pasado sábado día 23, tuvimos un encuentro muy especial para esta gran familia que compartimos en el Espíritu. No fue de la forma habitual, no hubo esos abrazos y esos “achuchones” que nos repartimos cuando nos encontramos de forma presencial pero, bendita la luz y los ojos que Dios nos ha dado, bendita la tecnología y los que la crearon para que se nos permita en estos tiempos confusos vernos, incluso a pesar de la distancia y a pesar de que sea  a través de la frialdad de una pantalla de ordenador. No podemos besar ni estrechar a los otros, pero sí pudimos compartir con alegría el encuentro con esos  hermanos de los que estamos separados y que, por las circunstancias, no podemos encontrar tan de cerca como nos gustaría.

Nos hemos colado en la casa de, al menos doce familias. Entre ellas estaba la nueva incorporación al grupo: Cathia, Milles y Micaela nos acompañaron por primera vez desde Tui.  Cada ventana fue un portal para  los demás, una mirada a través del cristal de las pantallas hacia el interior de esos hogares, de ponernos al día de nuestras vidas, de vernos las caras, tal como hacemos en los encuentros periódicos en Tirán o en otros lugares. No fue una mirada de curiosidad ni para el cotilleo, fue una mirada para acompañar al hermano y hacerse fuertes al compartir las debilidades o las fortalezas según cada quien las ha experimentado en estos tiempos extraños. El calor de la hermandad sigue en medio de nosotros, El Señor sigue siendo nuestro pegamento y eso es lo que importa al final. Por eso no faltó nuestro momento para la oración comunitaria. Cristo está en el origen de nuestro grupo y camina con nosotros, sin Él este encuentro virtual no dejaría de ser una “quedada” más con los colegas de pandilla o amistades.

Ha sido una experiencia enriquecedora creo que para todos, hemos compartido nuestras vivencias en este tiempo de aislamiento (algunas muy difíciles), hemos sabido de nuestras preocupaciones, de los momentos de tormenta y de los de calma. Invitados a la reflexión sobre el momento de cada uno de nosotros con esa alusión a la imagen que nos narra el Evangelio cuando la barca zozobraba y parecía que el buen Jesús estaba dormido y despreocupado mientras los discípulos estaban aterrorizados de miedo. No somos distintos de aquéllos.

Junto a nosotros también camina y nos acompaña en esta tierra nuestro querido hermano y sacerdote Abel, del que siempre es un placer escuchar  palabras llenas de sabiduría y sus consejos para que no olvidemos mirar a ese Jesús, al despierto y poderoso,  para  pedirle que siga enviando sobre nosotros a su  Santo Espíritu, para seguir siendo  sus testigos e instrumentos de Dios, incluso aunque no nos demos cuenta de que lo somos porque no vemos con sus divinos ojos.

La pequeña semilla que quienes fundaron esta comunidad familiar sembraron, ha ido creciendo poquito a poco, y se hará todavía más, un gran árbol frondoso y fuerte, más de lo que es ahora. Aunque nosotros no nos damos cuenta del crecimiento porque formamos parte de ese propio árbol, los frutos se harán evidentes según pasan los años: frutos de Evangelio y vida cristiana en las familias. Habrá nuevos brotes y las  pequeñas ramitas y sus hojas también reverdecerán cuando la savia llegue incluso a los que ahora parezcan sarmientos secos, también para esos habrá agua y verdor.  No nos engañemos, los tiempos de Dios son suyos. Hay momentos en los que ciertos árboles o alguna de sus ramas pierden sus hojas y parecen muertos, pero no, están vivos y solo esperan al momento de su primavera. Entonces los frutos se manifestarán, tal vez en forma de semilla que creará nuevas plantas en lugares lejanos.

En estos días estamos rememorando la resurrección del Señor. Es curioso,  pero al Maestro lo confundió María Magdalena con un jardinero cuando fue al sepulcro… ¡¡¡ menudo jardinero tenemos para nuestro árbol personal y comunitario !!! Dejémonos llevar en sus manos. Él sabe lo que hace cuando nos riega  o deja de hacerlo,  incluso cuando nos poda con las tijeras de la prueba, la enfermedad, la dificultad económica. Él  hace lo mejor aunque no lo entendamos cuando actúa sobre nosotros ni en alguno de nuestros hermanos que tanto sufren. Una estrofa de una canción viene a mi mente recurrentemente en estos días “ven y descánsate en Dios, tú solo adórale”.

Ingrid y José Antonio

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