¿Qué nos jugamos en la familia?

En la FAMILIA nos jugamos la PERSONA misma

Cuando en la Renovación Carismática decimos que estamos llamados a la santidad, esto está relacionado directamente con la familia… ¿Por qué? Porque es en la familia donde Dios nos llama a entregarnos, a amar; y también porque la familia es el lugar que Dios ha pensado para enseñar al ser humano cómo amar. Si la lectura de estas primeras líneas provoca rebeldía o desconcierto, pensamientos como “no es verdad, en mi familia no se ama bien” o “a mí no me quisieron ni me ayudaron a aprender a amar” o “yo no he tenido familia, entonces, ¿no puedo ser santo?”… Entonces, se hace necesario ir un poco más allá, y explicar de forma sencilla esta idea.

Ser santos es la vocación que Dios ha dado a todo ser humano. ¿En qué consiste ser santos? Ser santos es amar: “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros” (Jn 13, 34). Dios ama al ser humano profundamente, y lo ha creado a su imagen y semejanza. Dios es amor (1Jn 4, 8). A imagen de Dios, el ser humano también está llamado a amar. Y la familia, es el lugar donde nos jugamos la persona porque es donde se fragua la capacidad para amar, donde crece nuestra capacidad de amar, y donde se pueden sanar las heridas que nos dificultan amar. Que algunas familias no merezcan llamarse familias, o que algunos miembros de algunas familias traicionen o no sean capaces de realizar la importante misión a la que están llamados, no significa que no sea verdad que la familia es el mejor lugar del mundo, el lugar primero, aquel que Dios ha pensado para el hombre… Para enseñarle que es amado, y para hacerle capaz de un amor grande, que transforma el mundo.

Pensemos en un bebé o un niño pequeño, de dos o tres años. Resulta evidente para todos que “necesita una familia”. Todos deseamos para él o ella una familia ¿Por qué? Sabemos, tenemos muy claro, que eso es lo que necesita, aunque quizás no sepamos dar unos argumentos “científicos” sobre porque es importante.  De hecho, cuando un bebé o un niño no tienen una familia por algún problema, todas las soluciones que se buscan tienen como objetivo ofrecerle una “nueva” familia, o algo que pueda ser lo más próximo a lo que sería una familia. Cuando se busca que un niño o niña pueda ser adoptado, lo que realmente se desea es que pueda tener una familia. Cuando se le acoge en un centro de acogida, se busca que las condiciones en las que viva ese pequeño sean lo más parecidas a una familia. De hecho, los modelos de más éxito en el cuidado de niños huérfanos, son aquellos que se parecen más a familias (por ejemplo, casas nido en las que un adulto cuidad de 3 o 4 niños “como si”, fueran una familia). Cuando estos procesos fallan es porque no consiguen parecerse lo suficiente a lo que una familia está llamada a ser. Y, por supuesto, también hay niños que no son huérfanos “oficialmente” y, sin embargo, no han crecido en un contexto, en un lugar, que pueda realmente ser llamado familia. En todos estos casos (la ausencia del “don de tener una familia” en la infancia), se produce una herida grande, que se puede sanar solamente si en la vida adulta se tiene una experiencia de amor verdadero, y además se elige creer en este amor (1Jn 4, 16).

¿Significa esto que las familias deben ser perfectas? No, en absoluto. Significa solamente que las familias deben ser familias, nada más. Imperfectas, limitadas, con defectos, con errores… Pero capaces del perdón, de la confianza, de ver lo que el otro es capaz de hacer y de confiar en lo alto que  ha de llegar, de ver su vida y su existencia como un tesoro y actuar en coherencia.

La familia es importante para un niño; pero, ¿lo es también para un adulto? Radicalmente sí. Lo es por muchas razones, pero deseo señalar de nuevo una en concreto: la familia es importante porque cuando en nuestra familia de origen no hemos recibido la experiencia de este “don de ser familia”, entonces, como decía antes, nuestra oportunidad para sanar esta herida está de nuevo en la familia. Porque cuando un joven o un adulto descubre que alguien que no es su familia, le ama incondicionalmente, le prefiere para toda la vida, y esta promesa se encarna en una historia en el tiempo, entonces es posible volver a creer en el Amor con mayúsculas. Y eso es lo que Dios nos regala en el noviazgo y el matrimonio. Y si como adultos, hemos tenido el regalo de haber recibido este don de la “experiencia de familia” en nuestra infancia, entonces la familia sigue siendo fundamental porque es el primer lugar en el que Dios nos llama a la tarea de ser santos, a la tarea de amar: Dios nos llama a amar a quienes tenemos más cerca (para una monja de clausura su familia es su comunidad; para un padre de familia, su familia son sus hijos y su mujer). Cada uno de los miembros de nuestra familia son para nosotros el rostro concreto de Dios en el mundo hoy: cualquier disculpa que nos aleje de ese rostro, que justifique nuestra falta de misericordia con quienes son nuestra familia, cualquier “huida” de esta vocación primera (ser hijos, ser esposos, ser padres)… será algo que nos hará perder el tiempo.

La Renovación Carismática nos ha llevado a un encuentro con Jesucristo y a una conversión de vida y esto siempre nos pone enfrente de nuestra familia. Las relaciones familiares son uno de los motivos principales que llevamos a nuestra oración, al sacramento de la Reconciliación, a la oración de intercesión.

En muchos países han surgido, en el seno de la Renovación Carismática, realidades específicas para apoyar a la familia. Hoy es un tiempo en que el Papa Francisco nos habla de acompañar a la familia. Preguntémonos, personal y comunitariamente: ¿Podemos como realidad de la Iglesia apoyar más a las familias? ¿Cómo nos puede llamar el Señor a esto hoy? Sugiero dos caminos:

Primero, la atención a lo concreto. Tenemos en nuestros grupos, personas que en ocasiones necesitan ayuda en sus realidades familiares. A veces no es suficiente orar por estas personas. Es importante conocer que hay lugares donde se puede ayudar a la familia, y que la Iglesia está ofreciendo cada vez más recursos de apoyo. ¡Busquémoslos!

Segundo, colocar a la familia en su lugar dentro de la RCCE. Es importante que desde los Equipos de servicio de la RCCE nos hagamos más sensibles y colaboremos con el Espíritu Santo para fortalecer a la familia. La Renovación Carismática en España está llamada a tener hoy una “conversión familiar”: ser más familia para ayudar a las familias. No percibir a las personas como simples miembros de un grupo de oración, o verlas solamente desde el servicio que prestan en un grupo o un ministerio, sino entender que son parte de una historia, en la que la Renovación Carismática no es el fin, sino un medio -poderoso, pero solo un medio- para que estas personas puedan crecer en el amor.  Y aunque estamos llamados a ser generosos con nuestros hermanos en la fe, y a sentir su amor y compañía, las raíces del amor que hacen grande a la persona y la llevan a la santidad solamente se puede desarrollar en el seno de una familia, sea esta familia entendida desde la vocación matrimonial o sea entendida desde la vocación consagrada.

Cuidemos esta realidad, y los dones que el Espíritu Santo ha regalado a la Iglesia a través de la realidad de la Renovación Carismática madurarán. Santa Teresa de Calcuta dijo: “¿Qué puedes hacer para promover la paz mundial? Ve a casa y ama a tu familia”. Yo sugiero modificar hoy esta frase y plantear: “¿Qué puedes hacer para responder mejor a lo que Dios te pide como miembro de la Renovación Carismática? Ve a casa y ama a tu familia”.

Martiño Rodríguez González * (artículo publicado en “Nuevo Pentecostés” – Revista de la RCCE)

*Doctor en Psicología. Terapeuta matrimonial y familiar. Profesor de la Universidad de Navarra. Ha sido responsable nacional de jóvenes de la RCCE entre 2005 y 2010 y miembro del Consejo Asesor Nacional. Está casado y es padre de un hijo.

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