¡Nos importa la FAMILIA!

No solo nos importa la familia, sino que amamos nuestra familia con todas nuestras fuerzas, luchamos cada día por cada uno de sus miembros y rezamos para que estemos todos juntos en el Cielo por toda la eternidad.

Para muchos de nosotros, carismáticos, en eso consiste la misión principal de nuestra vida. Porque somos novios, esposos, padres o abuelos llamados a una vocación matrimonial. Pero también somos hijos, hermanos, nietos, y de todos depende que la familia sea hogar para todos y Buena Noticia para el mundo.

Reconociendo nuestras carencias e imperfecciones, las familias hemos de desempeñar las funciones que Dios mismo nos ha encomendado, por supuesto con Su gracia y ayuda.

El Papa Francisco nos recordaba en el Encuentro Mundial de las Familias de Dublín, en agosto pasado, que: “Dios quiere que cada familia sea un faro que irradie la alegría de su amor en el mundo”.

Y añadía: “Que después de haber encontrado el amor de Dios que salva, intentemos, con palabras o sin ellas, manifestarlo a través de pequeños gestos de bondad en la rutina cotidiana y en los momentos más sencillos del día”.

Esto es santidad -decía- “Esas personas comunes que reflejan la presencia de Dios en la vida y en la historia del mundo (…) Está silenciosamente presente en los corazones de todas aquellas familias que ofrecen amor, perdón y misericordia cuando ven que es necesario, y lo hacen sin tocar la trompeta. (…) En nuestras familias siempre se puede encontrar a Jesús; Él vive allí”.

El Señor confía en nuestras familias cristianas especialmente: somos sal que da sabor y alegría allí donde estemos. Somos levadura que fermenta la masa del mundo, levadura de esperanza, solo con existir, una familia transmite esperanza en la vida, cuánto más si impregnamos de Cristo nuestro quehacer cotidiano. Somos luz, la mejor escuela de amor que se ha buscado Dios para preparar a la humanidad. A pesar de nuestros fallos, por la gracia de Dios, sacamos fuerzas de nuestra debilidad.

Por ejemplo, una historia que cuenta nuestro párroco, D Manuel Martín de Nicolás, que es una bellísima persona: Una familia misionera amiga suya vivía en un barrio de favelas de Brasil, de casas con las paredes muy finas. Allí se oía todo… Y el matrimonio, digamos que tenía mucho carácter, con lo cual discutían un día sí y otro también. Se comenzaron a plantear qué clase de testimonio estaban dando con tantas broncas, y como la vida de misión es dura y crea mucha tensión (el diablo está rabioso y molesta todo lo que puede) se plantearon regresar a España. Los vecinos se enteraron también de sus dudas -allí se oía todo- y decidieron nombrar unos representantes del vecindario y hablar con ellos. Les dijeron: – Es verdad que vemos que sois muy peleones, pero os perdonáis enseguida; discutís, pero no os pegáis y os queréis un montón. Nos dais testimonio de perdón. Quedaos, por favor.

¿Ves? Hasta de nuestros males el Señor saca bienes, si procuramos hacer Su Voluntad.

El Papa Francisco también confía en las familias cristianas para mejorar el mundo y la Iglesia. Prueba de ello es que ha puesto a trabajar a la Iglesia en dos sínodos seguidos por la Familia, y acaba de acuñar otro término precioso de los que él pronuncia y que a los carismáticos nos suena muy bien: Pentecostés doméstico. El Concilio Vaticano II y San Juan Pablo II dicen que la familia es Iglesia doméstica. El Papa Francisco ha dicho en Dublín: “Cada nuevo día en la vida de nuestras familias y cada nueva generación trae consigo la promesa de un nuevo Pentecostés, un Pentecostés doméstico, una nueva efusión del Espíritu, el Paráclito, que Jesús nos envía como nuestro Abogado, nuestro Consolador y quien verdaderamente nos da valentía. Cuánta necesidad tiene el mundo de este Aliento que es don y promesa de Dios”.

Antonio Wagener y Pilar Araguás – FIAT

(Publicado en Nuevo Pentecostés, Revista de la RCCE)

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