¿Qué se les pide a los ESPOSOS?

A los esposos cristianos se les pide que se amen. Ni más ni menos. Pero se les pide que se amen de tal manera, que todas las relaciones entre ellos no puedan en modo alguno estar presididas por otro criterio. No hay otra justicia sino la caridad: el amor. Y un amor al modo del Amor de Cristo. Un amor que se entrega, que se da. Un amor radical, un amor que es acogida en plenitud, un amor que es misericordia y perdón; y que, perdonando, sana.

¿Habéis caído en la cuenta de que sois instrumentos de sanación, primero, en vuestros hogares; que el Señor os ha puesto uno junto al otro para ser sanación el uno del otro, para que viváis el gozo de la plenitud de Dios? Así es: habéis sido puestos una al lado del otro para la mutua comunión. Ya no es tu historia y mi historia, sino que es nuestra historia en común; y ésta nuestra historia en común sólo se puede realizar creciendo los dos –y no digo al mismo tiempo, digo con el paso acompasado-.

Ello supone que cada uno, más que mirarse a sí mire cómo crece el otro. Como los pámpanos de la vid: no se trata de que contemplen ellos los largos que pueden llegar a ser, sino el viñador, el que les cuida, el que les mima…Él es el que va a escoger cuál es la parte que debe permanecer y cuál la que ha de ser podada.

Pues ahora, vosotros sois la esposa viñadora del esposo y el esposo viñador de la esposa. Crecéis en cuanto contempláis el crecimiento del otro. Porque ya no sois dos, sino un “nosotros” que cada día debe parecerse más a la comunión de Dios en la Trinidad. Por tanto, ese “nosotros” necesita la fuerza, el alimento, la gracia que procede del Espíritu Santo. Y desde ahí, desde la gracia que procede del Espíritu Santo, podréis empezar a vivir ya ahora y adelantar, a todos los que viven con vosotros y a todos, los hombres, lo que un día se va a realizar en plenitud: el gozo de vivir en perfecta comunión con el Padre y el Hijo, en el Espíritu Santo, con toda la nueva humanidad sanada, rescatada y purificad por la sangre preciosa de Cristo Jesús.

Os invito a orar cada uno por su esposo o esposa; por sus hijos, fruto de esa fecundidad maravillosa, don de Dios para la humanidad. Porque el Señor nos ha dicho: No os quedéis con el hombre dañado por el pecado. Buscad al hombre que ha salido de mis manos. Al hombre, al ser humano sobre el que he insuflado mi Espíritu: ése es el hombre que puede formar un matrimonio que es sacramento. Fijaos en ese hombre, en ese ser humano, en esa persona.

Y es que, aunque dañados por el pecado, hemos sido “re-pristinados”, hemos recobrado la belleza primera, por el don del Bautismo, por el don de la Reconciliación, por el don de la presencia del Espíritu Santo en nosotros, que no sólo nos hace clamar ¡Abba! Sino que nos llama a vivir en santidad.

Las familias, los matrimonios cristianos, son sacramento en cuanto que se convierte en testimonio vivo, encarnado, real, veraz y auténtico del amor de Cristo a su Iglesia. Y Cristo, por su Iglesia, por la humanidad, derramó hasta la última gota de su san

Daniel Lorenzo
“Familia ¡sé lo que eres!”
Comunidade Caná

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