Testimonios

«Vosotros, en cambio, sois un linaje elegido, un sacerdocio real, una nación santa, un pueblo adquirido por Dios para anunciar las proezas del que os llamó de las tinieblas a su luz maravillosa. Los que antes erais no-pueblo, ahora sois pueblo de Dios, los que antes erais no compadecidos, ahora sois objeto de compasión» (1P 2, 9-10).

Somos Inma y Miguel. Estamos casados desde el 22 de septiembre de 1990. Tenemos dos hijos: Laura tiene 27 años y está casada desde hace un año con Natanael; son padres de dos hijos gemelos, Daniel y Marcos. Nuestro segundo hijo es David y tiene 25 años.

Tanto mi mujer como yo conocimos la Renovación Carismática años antes de casarnos. Desde esta experiencia de Gracia de Dios, hemos sabido y vivido en nuestros corazones que somos un «linaje elegido, un sacerdocio real, una nación santa, un pueblo adquirido por Dios para anunciar las proezas del que nos llamó de las tinieblas a su luz maravillosa». Nos sabemos compadecidos.

Comenzamos en el año noventa nuestra vida familiar, primero solos y después con nuestros hijos. El trabajo -¡fuimos autónomos!-, las dificultades económicas… Los problemas se nos fueron multiplicando y multiplicando. La necesidad de trabajar más para solucionar más, nos metió en unas jornadas laborales que no tenían fin. Nuestra vida se convirtió en trabajo día y noche, sin tiempo para los hijos, para nosotros, para nadie. Esta  fue nuestra vida durante más de diez años. Dejamos de vernos como: «linaje escogido… pueblo adquirido por Dios… que nos había llamado de las tinieblas a su luz maravillosa». Estábamos en las tinieblas y no veíamos luz ninguna.

Durante este tiempo (que fue difícil, muy difícil) nos mantuvo unidos el propio sufrimiento. Contemplábamos a nuestros hijos… y lo único que queríamos era preservarlos de todo; pero por nuestras fuerzas. Dios se nos hizo lejano. Se antepusieron otros dioses: el dinero, el trabajo, los miedos, las angustias…

En el verano del 2001, el Señor nuevamente se nos hizo cercano a través de un Encuentro de Familias en Allariz (Orense). Fuimos a este Encuentro y allí, durante los días que estuvimos participando, recibimos nuevamente la Gracia de Dios en nuestro matrimonio y sobre nuestros hijos. La salvación de Dios la recibimos a través de otras familias. Redescubrimos nuestro matrimonio, nuestra vocación de familia… y vivimos la experiencia de orar con nuestros hijos, de orar la familia junta. ¡Tantos años como familia y nunca lo habíamos hecho! Siempre nos habíamos dicho: los niños son pequeños todavía…

Allí descubrimos que… ¡nuestra Familia tenía Futuro!   Fue el vivir por dentro: ¡Es hora de resucitar a tu familia! «El mundo la da por muerta, pero Dios ha puesto en ella todo el poder de su Espíritu Santo para unir y perdonar, para restaurar y curar, para amar… ¡Es tiempo de Dios para la familia! (del libro “Familia, ¡sé lo que eres!”).

Nos fuimos de ese Encuentro sabiendo que era el tiempo de Dios para nuestra familia, que Dios nos había resucitado, que nuestra familia le pertenecía a Él y no a otros dioses. Cuando regresábamos en coche, les dijimos a nuestros hijos: al llegar a casa rezamos. Y… ¡gran sorpresa!, con toda normalidad, dijeron que sí. Al llegar a casa, para terminar el día, convertimos nuestro salón en nuestra pequeña iglesia: en la mesa colocamos un pequeño cuadro de María, una cruz y la Palabra abierta, y los cuatro alrededor de este pequeño altar. Nuestra oración fue una oración muy sencilla: un canto, la lectura de un salmo, darle gracias a Dios por lo vivido y pedir unos por los otros. Deciros que fue ¡¡una gran bendición!! A veces, las cosas más sencillitas resultan ser muy grandes. Esa fue nuestra primera oración en casa. Esta pequeña oración se hizo diaria y, poco a poco, nos fue transformando y devolviéndonos «de las tinieblas a su luz maravillosa».

Nuestro salón, al atardecer, se convertía en un pequeño Cenáculo, donde alrededor de Jesús y de María, y junto a la Palabra, vivíamos nuestro “pequeño Pentecostés” diario.

Hoy, tanto mi mujer como yo vemos los frutos de la oración en nuestra casa. Lo vemos en nuestros hijos: ellos tienen su propia vida de oración y, cuando están en casa, se unen a la nuestra, o la comparten en el Grupo de Oración semanal. No hay día en el que nos veamos y no nos bendigamos con la señal de la cruz unos a otros. Es nuestro saludo y despedida. Contemplamos con alegría como nuestra hija y su marido, Natanael, tienen en su salón también su pequeño Cenáculo, donde viven ya, con sus hijos, su Pentecostés familiar.

En el libro “Familia, ¡sé lo que eres!” -escrito por nuestra Comunidad- encontramos unos párrafos con los que os resumimos la Verdad que fue proclamada a nuestra familia. Fueron escritos por el P. Daniel Lorenzo :

      «Las familias, los matrimonios cristianos, son sacramento en cuanto que se convierten en testimonio vivo, encarnado, real, veraz y auténtico del amor de Cristo a su Iglesia. Y Cristo, por su Iglesia, por la humanidad, derramó hasta la última gota de su sangre. Por eso os invito al testimonio que es el martirio cotidiano: el ofrecimiento de cada día de vuestras vidas como esposos, para ser en el mundo –desde la humildad- testigos fiables de Cristo Jesús.

       Vuestros hijos tienen un gran privilegio: han vivido o pueden llegar a vivir en vuestros hogares cómo el Señor les toca, les mira, les sana, les habla, les salva…

       ¿Y cómo vivir tranquilos cuando tantos niños hoy van a perderse la posibilidad de vivir esa experiencia de contemplar el rostro de Cristo, su mirada, el tacto de su mano sanadora? Por eso, matrimonios cristianos, es la hora de vuestro testimonio radical y martirial; para que muchos, contemplando la obra grande que Dios realiza en vuestras casas, puedan llevar a sus hijos la experiencia de sentir la mirada y escuchar la Palabra del Salvador».

Miguel e Inma – Comunidade Caná

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