¡Llamados a la plenitud!

Dios nos ha escogido desde siempre, desde toda la eternidad. Nos mirado. Se ha enamorado de nosotros. No de nuestra belleza, sino de la belleza que Él puede poner en nosotros; de esa diadema, de ese vestido de fiesta, de esa hermosura que es su gracia. El Señor se ha enamorado de nosotros y nos ha capacitado para acoger su don. Porque hemos sido capacitados no sólo para reconocer a Dios en nuestra vida, sino para acoger el don de Dios y poder ser así divinizados. Estamos capacitados para vivir en la unión con Dios, para ser familia de Dios, para vivir el desposorio con el mismo Cristo.

¡Sintamos en verdad el desposorio con el Señor: el amor con que nos ama, la dulzura con que nos mira, la ternura con que nos toca, la delicadeza con que nos limpia! Porque el Señor no nos limpia con agua: nos limpia con su sangre preciosa derramada sobre nosotros; y esa sangre nos hace capaces –porque contiene todo el don de la gracia divina- de ser en el mundo signo, presencia, sacramento del Amor de Dios.

Nosotros somos vino nuevo en la Alianza nueva, porque tenemos la capacidad de “con-fundirnos” con la sangre del mismo Cristo. La gracia del matrimonio, la gracia del desposorio en Cristo, la gracia sacramental de ese sacramento que es vuestra realización adulta en Cristo, la obtenemos de la acogida del don de su gracia que se manifiesta de modo singular en la Eucaristía. En ella, Él nos hace participar en un banquete nupcial y nos da su sangre, porque quiere que participemos de toda su vida, porque la sangre contiene la vida, la santidad, el don, la plenitud.

Vivir como matrimonios en Cristo: eso es el matrimonio sacramental. Esa gracia que se alimenta de la única Eucaristía: desposorio de Cristo, celebración gozosa de la unión de Cristo con cada uno de nosotros. Y para vosotros, matrimonio en Cristo, celebración gozosa de Cristo Jesús que os dice que sois uno. Un solo ser nuevo. Que habéis sido –también vosotros- machacados como las uvas en el lagar; pero no por ningún pie duro, no por ningún instrumento doloroso, sino por la caridad que emana de la Trinidad. La trinidad os ha unido; os ha confundido, para no ser ya uno y otro, sino para ser un “nosotros” que vive de la plenitud del Amor de Dios.

Quiere el Señor revelaros las gracias de vuestros desposorios. Y ahora no me refiero a los desposorios místicos, sino a la gracia de vuestro matrimonio. Ved en qué medida estáis viviendo el don de Dios, el poder de Dios, o es sólo vuestro matrimonio un esfuerzo personal. En qué medida es solamente una lucha vuestra, de los dos, o de uno más que del otro, o de uno tirando por el otro, que son cosas buenas; pero en qué medida es sólo eso. O si, por el contrario, habéis empezado a percibir en vuestra vida matrimonial el poder extraordinario que brota del Amor de la Trinidad. Ése que se derrama sobre vosotros y os capacita para desarrollar la vida en común realizando vuestra vocación.

Daniel Lorenzo
“Familia ¡sé lo que eres!”
Comunidade Caná

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