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El pasado sábado 15 de noviembre celebramos, en Las Rozas de Madrid, un profundo Encuentro de las Familias Invencibles, donde experimentamos la presencia viva del Espíritu Santo en medio de la comunidad. Iniciamos con un hermoso momento de alabanza, cantando con gratitud por las innumerables bendiciones recibidas. Este momento fue una buena ocasión para interceder por los nuevos hermanos que se incorporan a nuestra Fraternidad, pidiendo al Espíritu Santo que los ilumine y fortalezca en la fe, para que crezcan con la alegría del Evangelio en lo cotidiano del día a día..
El matrimonio de Anabel y José López ofreció una reflexión sobre la virtud de la fortaleza, entendida como esa firmeza del alma que nos ayuda a perseverar en el bien y resistir el mal, pues si leemos la enseñanza de Santo Tomás de Aquino esto queda reflejado.
Recordaron que la fortaleza cristiana nace de la gracia divina y se manifiesta en la perseverancia del amor, no en la dureza del corazón ni en una actitud de autosuficiencia que en muchas ocasiones se nos presenta en la realidad del mundo. La verdadera fortaleza no consiste en no tener miedo, sino en mantenerse fiel a Dios con amor, aun en medio de la prueba, confiando plenamente en su sabiduría y en su poder que emana siempre en dirección a sus hijos.
Desde la antropología cristiana, recordamos que Dios ha creado al ser humano con cuerpo, alma y espíritu, llamados a integrarse para fluir en la verdad del amor. La fortaleza no se entiende solo como una disposición moral, sino como una expresión de un ser humano que ha madurado al unir, en los retos, su corazón al corazón del Padre. Implica reconocer la propia fragilidad y permitir que la gracia transforme esa debilidad en oportunidad de crecimiento y entrega. El hombre fuerte, en clave cristiana, es aquel que, consciente de su limitación, pone su confianza total en el Señor y hace del sufrimiento un camino de plenitud interior.
Como ejemplo, se profundizó en la historia de David y Goliat, símbolo del poder del Altísimo que actúa en la debilidad y del triunfo de la confianza sobre la autosuficiencia.
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Después compartimos en grupos cómo la virtud de la fortaleza se manifiesta en nuestras vidas cotidianas, con testimonios de fe que se renueva en medio de la enfermedad, de la incertidumbre, o de las dificultades familiares. Los niños, con su espontaneidad, representaron historias bíblicas que mostraban el valor que nace de confiar en Dios con corazón sencillo.
El Encuentro concluyó con una cena en familia, en un ambiente de alegría, gratitud y comunión, recordándonos que la verdadera fortaleza no viene de nosotros mismos, sino del Espíritu que da vida y nos une en la fraternidad de Cristo. Allí comprendimos, una vez más, que ser fuertes en la fe es dejarse sostener por el amor de Dios, que nos hace invencibles en la esperanza.
Gabriela Gutiérrez
