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TESTIMONIO de Mari y Pascual, una FAMILIA de Jumilla
Cuando pensamos en venir al Encuentro, vi el cartel… y había una palabra que ponía sanación. No me preguntes exactamente cómo era el cartel, porque es que no lo sé; pero nada más verán la palabra sanación yo le dije le dije a a Pascual: ¡Eso va para mí! No sé si va para vosotros, pero yo sé que este Encuentro va dirigido a hacia mí…
Y así lo dejamos. Total que nos embarcamos y vinimos. El Señor tiene justo el momento cuando tiene su plan y es cuando va a actuar. Y efectivamente fue así la noche que estuvimos con con el Santísimo. Todo fue precioso.
Unos días antes del Encuentro había llegado a casa una chica a la que yo le había dado clase cuando era pequeña. Ahora ya es mamá y ha vivido una serie de circunstancias que en su vida muy, muy fuertes. Llegó a llegó a casa, se abrazó a mí y me dijo: «Yo te necesito, porque cuando yo era chica yo encontraba en ti la calma y me dabas la paz y yo en tu casa me encontraba bien. Ahora te necesito. Por favor, ¿te puedes encargar de mis niñas? Tiene dos niñas pequeñas: una de seis años y otra de de dos añitos. y Yo le dije: «En lo que está en mi mano, tú ya sabes que estamos aquí».
Así partimos al Encuentro… Y vemos a todas estas familias. Y llegamos a la Adoración. Fue impactante cuando te dice el sacerdote que te da la factura y dice que escribas esa persona que a lo largo de tu historia has sentido sus dolores. Y ves claramente quiénes son esas personas que tanto dolor han ocasionado, y te preguntas el porqué… Y escribes esas personas en esa factura.
Hacía años que no lloraba como lloré en el momento que dice el sacerdote: Ahora se lo tienes que entregar al Señor… Yo no podía entregar la factura, no podía. Yo decía que no. Y es que vamos mendigando amores por todos sitios; descubres al Señor, pero no te lo terminas de creer… Entonces, Él te está diciendo: «¡Dame, que Yo lo voy a pagar, que voy a ser yo!» No podía. Es más, puedo decir que me guardé el papel; me lo doblé y me lo metí en el bolsillo. Y cuando el Señor pasó al lado nuestro, mi marido me tocaba y me decía que lo entregase. Yo decía: «No puedo, es que no puedo; no quiero que esté ahí, no quiero llevarlo a la cruz. Prefiero morir yo antes que muera el que más amo. No quiero, aunque Él ha venido a salvarme». Me costó mucho desprenderme…
¿Qué he hecho mendigando tantos amores? Fue impresionante lo que el Señor esa noche hizo en mi historia, ¡en la mía! Pararme a pensar: «Señor, te entregas tú en vez de ponerme yo, que es donde me toca estar a mí. Y, sin embargo, Tú te cambias por mí». Fue tremendo. Como cuando te echan agua oxigenada: tienes la pupa pero ya no te molesta si te tocas, ya no duele tanto, lo miras con otros ojos.
¡Necesitaba sanación! Intentas darte, y te encuentras con esta persona que no te acepta… Y sigues mendigando amores. Mirad: ¡Ya no mendigo amores!
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Cuando llegamos a Jumilla, dejamos la maletas y, al otro día, a las 7:30 de la mañana, estaban tocando mi puerta. Era la la chiquita con sus dos hijas para que me quedara con ella. Yo estaba con un subidón de garganta que tuve que ir a urgencias y todo- y Pascual decía: «¿Qué vamos a hacer? Yo me quedé escuchando lo que me decía mi marido y a ella; y conforme le estaba mirando, estaba viendo todo el proceso que habíamos vivido. Le dije a Pascual: «Cariño, ve a trabajar que se quedan en buenas manos». Y, desde entonces, esas niñas están con nosotros aquí en casa, son dos miembros más aquí en casa.
Veo ese proceso que el Señor va haciendo desde ese fin de semana que estuvimos con vosotros… ¡Ahora nos toca a nosotros llevarlo hacia otras personas! Es asombroso de verdad. No entiendo nada, pero lo acepto. Tú, Señor, sabrás lo que estás haciendo.
Deseo de verdad volver al estar con los hermanos. Abandonarme en las manos del Señor y decir: «Aquí estoy. Subo a tu monte. ¿Qué tienes para mí, qué quieres de mí? Utilízame para lo que quieras».
