Ecumenismo y familia

                                                                       
– En mi familia nos llevamos muy bien.
– ¿Es que ya habéis repartido?        

(de cosas que se oyen en los pueblos)

Esta vida es una herencia complicada

Conozco una familia formada por dos abnegados padres muy unidos que han dado a la Iglesia dos monjas de clausura,  un padre de dos chicas adoptadas en China, una mujer de mundo, un joven de una secta, un clérigo casado y unos cuantos  hijos con enfermedad  mental, a cual más variopinto.  Pues bien, esta familia ha conocido dos herencias en los últimos años y ningún conflicto en el reparto, cuestión a mi entender, de buena voluntad, trabajo pesado y formación cristiana. ¿Por qué habría de ser un imposible repartir unos bienes con respeto? La granada se abre, la partimos en trozos, separamos lo amargo y nos comemos todo lo demás, unos el grano entero, otros el  rico zumo al natural, con vino  o con azúcar, pero sin olvidarnos de la gratitud que debemos al Agricultor que tanto ha trabajado para que disfrutemos los frutos en familia.

 

Toda una vida….me estaría contigo

Le decía hace poco a una vecina nuestra, compañera de coro y de oración, que el hecho de haber dicho que sí -como hizo nuestra Madre- es una gran ventaja que tenemos los padres de familia a la hora de afrontar los vientos del camino, las nieblas y peligros. Pero con los hermanos sucede lo contrario: no estamos llamados a quedarnos siempre bajo el mismo techo, más bien a lo contrario.

“Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre…»(Gn 2,37) Y esta emancipación, hago notar, no es fruto del pecado, es algo designado por Dios antes de la Caída. ¿Acaso no resulta algo deprimente esa extraña tendencia que se da en nuestro tiempo de seguir en el nido después de los cuarenta? Los jóvenes que echan a volar rompen el cascarón,  no el nido, ni la rama. No rompen la familia, sino que la recrean.  Y  las comunidades que compartimos el mismo bautismo, aves todas del mismo árbol de mostaza, ¿hemos recreado la Iglesia, haciendo de nuestras diferencias un patio de recreo, de descanso y de juego? ¿O un lugar de partidos, y ruidosas peleas?

 

Familias Invencibles

El otro día desayunamos juntos con una vieja amiga de una iglesia evangélica, y hablábamos de muchos asuntos familiares: la hija que no aguanta el llanto de un bebé, pero no le importa inseminarse in vitro, los jóvenes que vuelven de la fiesta y les sale a la puerta la perrita y les hace más fiestas todavía, con una simple píldora prevengo la ansiedad, hija mía no llores, esto no va a ocurrir, tú tienes una fe,  que has recibido, y tus padres oran mucho  por ti…

Este mismo verano, muy cerca del convento donde Santa Teresa decidió reformar el Carmelo, unas cuantas familias nos hemos animado a salir al camino y tratar de seguir al Espíritu Santo Reformador. Ellas eran descalzas, nosotros invencibles. Quizá porque entonces debían humillarse y nosotros, queriendo, como ellas, andar en la Verdad, debíamos alzar la cabeza y ganar posiciones en esta guerra a muerte que se le ha declarado a la familia.
Humildad, lo dice una canción, “ no es sentirse de menos ni sentirse de más “, y nosotros no somos ni más ni menos que invencibles. En Cristo, ya ha vencido la Iglesia, y está unida. Pero hay que luchar  por el bien  que  nos une, para que el Sumo bien nos una ahora del todo allá en el Cielo.

 

De momento

…del matrimonio de Cristo con su Iglesia han brotado innumerables familias de familias, infinidad de iglesias. Tal vez sería útil un
relato ecuménico de la vieja parábola evangélica del hijo vuelto a casa. (Lc 15) Unos, pidiendo “la parte de la herencia” (Lc 15,12) hemos destrozado el corazón del Padre, y otros con un modo celoso  de quedarnos en casa hemos roto a la Madre el corazón (Lc 2, 35).

Con tantas separaciones mal llevadas hemos matado a Cristo y a su Esposa. Sin dar muestras de contrición alguna, de intento de reforma. Y es a esta reforma de la única Iglesia de Cristo a la que fue llamada la Renovación Carismática Católica en su 50  aniversario. Hemos dado la vuelta a nuestro reloj de arena en el Circo de arena de los mártires,  se nos concede  tiempo para seguir viviendo, para seguir cantando  en medio del tormento blanco de ser padres y hermanos.

 

 La unidad es el fin… Y la diversidad, el medio

Nadie se imagina disensiones en la familia de Nazareth ¿verdad?,  sin embargo es notable también la diferencia de caracteres entre sus tres miembros. Pongamos como ejemplo el episodio del Niño perdido y encontrado. (La 2, 41,52) Van al Templo y  se vuelven, pero el Niño se queda. Aquellos preguntan a los parientes, vecinos y paisanos, Jesús a los doctores. Él ha seguido la moción del Espíritu y  sus padres también, pero ambos han mirado a lugares diversos, éstos la jerarquía humana, y Jesús, la divina.  Son uno en el Espíritu, y no tanto en la forma de conducirse. Jesús era un niño, tenía que aprender. Nuestra iglesia
Romana, nuestra Renovación, el grupo de oración y mi pobre familia son adultos en ciernes con una suave y dura obligación: la de continuar bajo una sola autoridad humana, la de  José y María, que Dios había previsto y que , no sin conflictos, nos va conduciendo a la edad adulta en Dios, que es Jesucristo.

 

Evangelio viviente

Ayer  hablábamos en casa  de un tema clásico: ¿cómo ayudar a nuestros Jesusitos a entrar en la vida adulta? Y es que ya nuestra nieta se está haciendo mayor… Me  acordé de que, en ciertas culturas primitivas, se les suelta en el monte y se les abandona
para que aprendan a apañárselas con la supervivencia. Y lo solté con ese tono agrio que nos sale a veces a los hombres cuando nos referimos a la educación. Ellas (no con muy buenos modos, a decir verdad, pero, eso sí, bastante más al día) decían que había que conocer bien sus debilidades  y acompañarles en su incorporación al bosque existencial. En fin, yo respondí que también sería bueno partir del Evangelio, para tener   una  mirada en alto y lanzar a los niños por una tirolina sujeta firmemente en esos dos anclajes: el adulto en ciernes y la Roca que  salva. Las  comunidades cristianas se lanzan al abismo teológico  y moral y nosotros, quitándonos complejos, de un modo paternal, o mejor, maternal, y conociéndoles lo mejor posible , hagamos como hizo Jesús cuando abrazó a aquel niño y dijo :”quien acoge a un niño como éste en mi nombre…” (Mc 9,37) Pues cada una de ellas tiene que alcanzar esa cota que es Cristo partiendo de su historia, su edad espiritual, su relación concreta con este mundo extraño y también, cómo no, con sus propios vicios y pecados.

Pensad en vuestros seres queridos.¿cómo van a llegar a la meta si no los aceptáis como son, con toda esa mochila con que se han pertrechado para el largo camino hacia la vida eterna?

 

La esposa y madre nuestra

Hace treinta y cuatro años mi mujer y yo emprendimos un viaje crucial por media España. Con una amiga un poco loca y nuestro hijo en ciernes como compañeros de peregrinación, fuimos de montaña en montaña, en busca, supongo, de un dominio sagrado, de una jerarquía que rigiera el espacio común de nuestra vida. Y donde nos pareció  el confín de la tierra llegamos a contemplar , como dice el salmo 97, “la victoria de nuestro Dios” Y vencimos en Cristo, pues primero El sembró en nosotros las “semillas del Verbo” (Ad Gentes nº15) que contienen otras religiones y otros fueros cristianos, y por último nos regaló la efusión de su Espíritu, el don de la unidad que algún día, ojalá no lejano, habrá de consumarse.

Cada vez que purifico el cáliz después de dar la comunión, me acuerdo de esa imagen tan bella de María limpiando la sangre de su Hijo en la Pasión, de Gibson. Que no se desperdicie ni una gota de sangre derramada en esta Comunión que le ha costado a Dios “una muerte de cruz” (Flp. 2,8).  Miremos a María, que perdió a su Hijo en dos ocasiones, en la cruz y en el templo, como imagen del sufrimiento por las familias rotas y  los hijos perdidos. Como imagen de esa Esposa sin mancha que es la Iglesia. María, Madre nuestra, tú nos haces familia, tú nos has dado a luz bajo la Cruz de Cristo, nuestra paz, que ha derribado el muro que nos separaba (Ef. 2,14)

 Juan de Ana, padre, diácono y esposo permanente

 

 

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