Dios tiene un plan

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La presencia del Espíritu Santo llenó de alegría un sábado más nuestra “familia de familias” en la Parroquia de Nuestra Señora de la Visitación de Las Rozas. El Encuentro fue especialmente gozoso porque a él se unieron nuestros queridísimos hermanos de Comunidade Caná y de Familias Inquebrantables.

Grandes y pequeños, elevamos unidos nuestro canto de alabanza al Señor ,“unánimes en la oración con María, la Madre de Jesús” (Hch 1, 14). Y, así, el Espíritu Santo volvió a realizar sus maravillas.

Con la alegría que da la alabanza, acogimos el momento de la Palabra del Señor. El punto de partida fue Jeremías 1, 5: “Antes de que te formara en el vientre te conocí, antes de que tú salieses del seno materno te consagré…”

Para que esta Palabra fuera penetrando en nuestros corazones cantamos a una sola voz “El Señor me llamó y mi nombre pronunció”, incluso lo cantamos al hermano que teníamos a nuestro lado.

En el espíritu de sabernos amados y elegidos, nuestros hermanos de Comunidade Caná, Javier y Montse, ofrecieron una extraordinaria enseñanza con el título: “¿Cuál es el proyecto de Dios para nosotros?”.

Una vez conscientes de su llamada, cuando aún nos encontramos pensando en los “cómo”, “cuándo” y “por qué”, el Señor en Isaías 44. 2-4 nos dice: “No temas siervo mío, Jacob, a quien yo elegí, porque yo derramaré aguas sobre el suelo sediento y arroyos sobre la tierra seca e infundiré mi Espíritu sobre tu simiente y mi bendición sobre tus retoños”.

Elegidos y bendecidos, ungidos por el Espíritu Santo, reflexionamos sobre la necesidad, desde esa llamada personal, de “ponerse en camino” y “anunciar”. Fundamental -tanto para caminar como para anunciar- es no hacerlo nunca solos sino en comunidad, pues la llamada personal no es al individualismo sino a la puesta en común de la gracia de Dios manifestada en cada uno de nosotros para el bien de todos. El amor es entrega y sólo puede vivirse en comunidad, como la Santísima Trinidad es comunidad.

La vida de fe comienza en la FAMILIA, primera comunidad de fe que nos prepara para la IGLESIA, en la que unidos caminamos hacia la comunidad definitiva: el CIELO.

Sobre la idea de vida de fe en la FAMILIA, nuestros hermanos Rosa y José Antonio nos regalaron su testimonio. Desde el compromiso que queda sellado en el sacramento del matrimonio, comunidad abierta a la vida, y continuando con el bautismo de los hijos, debemos preguntarnos a nosotros mismos qué necesitan nuestras respectivas familias para seguir caminando en el proyecto de Dios.

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Paqui y José, aportaron también su testimonio en el siguiente paso de vida en comunidad: la IGLESIA, a la que pertenecemos desde nuestro bautismo. Para vivir la llamada de Dios en plenitud debemos tener una actitud de participación y servicio en nuestras parroquias, grupos o movimientos eclesiales. Nuestros hermanos nos alertaron del peligro que muchas veces corremos los que participamos de la Gracia a acaparar esa misma Gracia y no estar dispuestos a compartirla, de participar como “consumidores” y no como “creadores”. Por el contrario, el Señor nos llama al compromiso, a involucrarnos, a la entrega. En definitiva, nos llama a SERVIR.

No podemos ser “familias burbuja”, no podemos quedarnos en el Monte Tabor contemplando la Gloria del Señor en cómodas tiendas mientras otros hermanos nos necesitan. Abiertas siempre a la vida, las familias deben también abrirse a otras familias para que el mundo entero sea la gran familia de Dios. Este es el carisma de Familias Invencibles.

El último peldaño de la enseñanza nos hablaba del CIELO, Comunidad de los Bienaventurados, como culminación de nuestro camino de fe. Llegados a este momento, nuestros hermanos nos preguntaron: ¿Se habla del Cielo en nuestras familias? Nuestra hermana Elena iluminó nuestros corazones con su hermoso testimonio sobre la fe en el Cielo y cómo lo experimentó ella con y a través de su marido Anxo.

En esta feliz tarde de encuentro, aún nos tenía el Señor preparados extraordinarios regalos, como el relato impartido por nuestro hermano José Andrés, Hermano de La Salle. José Andrés acaparó enseguida la atención de mayores y pequeños con la historia de Abraham que escenificó de forma muy original con pequeñas figuras dispuestas sobre una manta extendida en el suelo cubierta con arena para recrear el entorno del desierto. Después nos invitó a todos, comenzando por los pequeños, a responder a interesantes cuestiones que nos ayudaron a relacionar el relato de nuestro padre en la fe con nuestra historia personal y familiar.

La enseñanza y el posterior relato de José Andrés ya habían dejado abonado el terreno para la dinámica en grupos. Las preguntas a responder entre nosotros fueron estas tres:

¿Qué necesita mi familia ahora?

¿Mi familia tiene comunidad cristiana?

¿Se habla del Cielo en mi casa?

Es siempre asombroso lo que nos enriquece el Señor en estas dinámicas en las que unos aprendemos de otros y, al tiempo, vamos ganando en el conocimiento de nuestros hermanos.

Después de las dinámicas de grupo y de una hermosa alabanza llegó el siempre deseado momento de compartir comida e impresiones con nuestros hermanos. Momento amenizado, como de costumbre, con el inigualable “juglar de Dios”.

Con el corazón feliz y agradecido al Señor, nos despedimos de nuestros queridos hermanos en esta bendecida tarde de encuentro y reencuentros. ¡Gloria a Dios!

Carmen Alba

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