Fue sábado y era noviembre, dos mil veinticuatro años después del nacimiento de Jesús de Nazaret. En el día de difuntos, la tarde tuvo para nosotros sabor a arcoiris o a luz, según a quien preguntaseis de los que compartimos el Encuentro de Familias Invencibles.
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Reunidos en el nombre de Jesús, fue momento de alabanza en compañía de personas de la parroquia de Seixo, en la antigua casa de D. Antonio, el sacerdote que la administró durante muchos años hasta su fallecimiento hace ya meses. De alguna manera, seguro que estuvo presente en esa oración; seguro que la luz que nos acompañó por momentos en la caída de la tarde, fue testimonio de la realidad de la comunión de los santos, de cómo compartimos al Resucitado: unos desde la Fe y la Esperanza (los que estamos en este mundo), otros ya desde el amor de Dios porque tienen evidencia y ya se han encontrado cara a cara con Aquel que conocemos “de oídas” los que todavía peregrinamos en esta tierra.
En una alabanza muy ungida (gracias a Rocío y Javier Tomé), El Espíritu Santo inclinó a abrir el corazón a los demás, a sentirnos libres y a mostrar sentimientos y problemas, a ponerlos delante de la comunidad, sin vergüenzas ni miedos, en la confianza de que estábamos en familia aunque algunos no nos conocíamos. Tras la oración, escuchamos la voz de personas que necesitaban hablar de sus vidas de matrimonio o de su viudedad, de sus tristezas o las de otros que les afectan. Como familias cristianas, debemos tratar de entender que Dios nos pone cerca de quien nos necesita como ayuda adecuada (mucho más dentro del matrimonio). No como carga, sino como Cirineos; solo se trata de cambiar la perspectiva. También resonó la palabra “paz”, para nosotros y para los que están fuera. Seamos instrumento de paz con los demás, con los próximos y los lejanos, con el vecino, con el que piensa diferente, con el que no nos entiende o no entendemos. Entiendo que el arcoiris que se mostró esa tarde en el cielo de Seixo fue un gesto de paz, una muestra del abrazo abierto de Dios, su sonrisa de colores. Aceptemos esa Paz de Jesús, la que nos dejó y con la que nos saludaba recién resucitado… ¡Que ella viva en nuestras familias!
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No me olvidaré del momento de la Enseñanza de Montse de Javier, con referencias a las pequeñas cosas que a veces van quedando en nuestra mochila personal o matrimonial y con las que cargamos porque no las sacamos por distintos motivos, incluso algunos aparentemente “buenos” o por simple monotonía. Al final se van convirtiendo en grandes piedras que pesan innecesariamente si no las vamos dejando por el camino, si no las ponemos de manifiesto al otro, tal vez para romperlas, tal vez para distribuir el peso y compartirlo. Un buen ejercicio para practicar eso puede ser el escribir de vez en cuando lo que cada uno necesita del otro y ponerlo después ante la presencia del Señor… Y ¿qué mejor sitio para hacerlo que una adoración ante Jesús Eucaristía? Pues eso es lo que hicimos: como broche de oro del día que ya se había ido, nos fuimos a la iglesia parroquial y de la mano de nuestro querido sacerdote Santi, vivimos un momento de preciosa adoración para acompañar al que vino para quedarse con nosotros para siempre, hasta el final de los tiempos.
¡PAZ y BIEN!
José Antonio de Ingrid
